El 23 de septiembre de 1973, la Selección Argentina logró una victoria épica al vencer 1-0 a Bolivia en los 3.600 metros de altura de La Paz. Este triunfo fue clave para clasificar al Mundial de Alemania 1974, pero lo que quedó en la historia no fue solo el resultado, sino la increíble historia de supervivencia, abandono y mística que vivieron sus protagonistas.
En los años 70, jugar en la altura de La Paz ya era un dolor de cabeza para los equipos sudamericanos. Para evitar el «pundonor» físico, el director técnico de la Selección Mayor, Omar Sívori, diseñó una estrategia: armar un equipo alternativo con futbolistas jóvenes y enviarlos un mes antes a adaptarse geográficamente.

Bajo la conducción de Miguel Ignomiriello, el grupo se instaló primero en Tilcara (Jujuy) y luego en Potosí (Bolivia). Entre los convocados había promesas que más tarde serían leyendas, como Mario Alberto Kempes, Ubaldo Matildo Fillol y Ricardo Bochini.
Lo que debía ser una preparación profesional se transformó en una pesadilla logística. La Asociación del Fútbol Argentino (AFA) se olvidó por completo de ellos.
Los dirigentes cortaron la comunicación y los fondos económicos, no tenían presupuesto para pagar el hotel ni la comida diaria, la ropa oficial nunca llegó a destino en las condiciones necesarias, los medios de comunicación en Buenos Aires no recibían reportes de los entrenamientos, prácticamente, el equipo había dejado de existir para el país.
Para no morir de hambre y poder costear el hospedaje, el plantel tuvo que organizar partidos amistosos informales contra equipos de pueblos vecinos a cambio de unos pocos pesos o un plato de comida.
La falta de noticias era tal que el periodismo porteño comenzó a llamarlos «La Selección Fantasma». Lejos de deprimirse, los jugadores abrazaron el apodo con humor negro.
Antes de un partido amistoso en Perú, el periodista de la revista Goles, Carlos Ares, consiguió unas cartulinas blancas. Los futbolistas recortaron agujeros para los ojos, se vistieron como fantasmas y posaron para una de las fotografías más icónicas, bizarras y de culto en la historia del deporte rey.
El día del partido oficial, Sívori viajó a La Paz con un par de figuras consagradas para sumarse al grupo que llevaba un mes ahogándose en el altiplano. El planteo táctico y físico funcionó a la perfección.
A los 17 minutos del segundo tiempo, Oscar Fornari conectó un cabezazo letal que decretó el 1-0 definitivo. Argentina resistió el asedio boliviano y se llevó dos puntos de oro que sellaron el pasaporte hacia la Copa del Mundo del año siguiente en Alemania.
La «Selección Fantasma» demostró que el orgullo, la mística y el sentido de pertenencia juegan tanto o más que los millones de la dirigencia. Pasaron de la invisibilidad total a la gloria eterna.
Antony Callero








